Thursday, August 12, 2010

¿Condenados?

Hoy me levanto un poco aturdido con la noticia de una nueva bomba en Bogotá. La verdad, fue una noticia inesperada, dura de pasar, de esas noticias que tienen la característica de devolverlo a uno a la realidad. La luna de miel con Santos había comenzado bien, con una gran parte del país recibiendo al nuevo mandatario con ilusión y esperanza, tal vez lo suficiente para hacernos olvidar que los problemas que tenemos no se solucionan en una semana. Lo suficiente para hacernos olvidar cual fue el país en que crecimos y nos criamos.

Justamente ahí reside mi gran preocupación, pues como ya se ha dicho suficientes veces, “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, y siento que muchos jóvenes, entre los cuales me incluyo, no tenemos un conocimiento suficiente del país que estamos heredando. En particular, mi conocimiento de la historia colombiana no me deja del todo satisfecho. Más aún, a veces me cuesta trabajo imaginar el país que era Colombia en la década de los ochentas y principios de los noventas, acorralado por atentados, asesinatos, secuestros y demás. El dichoso “estado fallido” que viene sonando recientemente.

Es triste, pero revisando los eventos importantes que sucedieron durante mi infancia, he descubierto que mi primer recuerdo “político” es la muerte de Pablo Escobar, en Diciembre de 1993, lo cual es muestra de lo violenta que ha sido la historia reciente de Colombia. Luego recuerdo algunos episodios y personajes aislados, momentos de los gobiernos de Gaviria y Samper, la muerte del Cura Pérez (1998), el asesinato de Jaime Garzón (1999), pero creo que mi memoria de país inicia con el proceso de paz de El Caguán, con el episodio de “la silla vacía” en enero de 1999. Mi recuerdo de este episodio es vago, pero creo que fue en ese momento en que el país empezó a entrar en mi cabeza. Ese fue el momento en que esa mezcla caótica de narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo comenzó a tomar un lugar en mi noción de país, formando una historia a medias que por momentos se vislumbraba trágica, y más cercana de lo que imaginaba al verla en televisión.

La historia moderna de Colombia es tan compleja como interesante; una historia turbulenta llena de traiciones, asesinatos, terror, secuestro y muerte, pero también una historia de reinvención, esperanza, lucha y éxito. Hemos sido un país azotado por la violencia en sus innumerables presentaciones por más de 60 años, con una fortaleza institucional envidiable que ha sabido resistir cualquier cantidad de embates, para resurgir de cada episodio con más furor del esperado. La verdad es difícil imaginar la interacción de tantos actores armados en un solo lugar, esto si olvidamos a la delincuencia común y los desastres naturales que hemos enfrentado. Sorprende leer acerca de ese país acorralado por el terrorismo del narcotráfico y posteriormente por las guerrillas, en donde cada intento por salir de ese espiral de la violencia venía sucedido por un inevitable recrudecimiento del mismo. Ese país del secuestro, las extorsiones y las vacunas, el paseo millonario, las pescas milagrosas, las bombas, los asesinatos de periodistas y políticos de toda clase, en donde abrir la boca podía significar una sentencia de muerte y miles de colombianos se vieron forzados a partir al exterior. No quiero decir que hoy todo está bien, porque no hay nada más lejano de la realidad, pero si quiero argumentar que de ese país al país que somos hoy hay trecho. Quiero argumentar que es importante que los jóvenes conozcamos esa historia reciente que ya se antoja lejana, para aprender de nuestros errores y enfrentar un futuro prometedor con valentía y entereza, pero con la mirada puesta en los episodios que nos llevaron al lugar en donde nos encontramos.

A lo largo de muchas de nuestras vidas Colombia no ha conocido la paz, y este episodio sirve para recordarnos que alcanzar la paz es trabajo de todos los días. Debemos estar conscientes que el terrorismo es una realidad de la que no hemos podido escapar, y que aunque actualmente los atentados en Bogotá no son pan de cada día, en el último año si se han registrado episodios aislados a lo largo y ancho del país. No es momento para triunfalismos, para creer que “el fin del fin” está cerca. La dura realidad es que de lograrse la baja de “Cano”, la guerrilla queda en manos del “Mono Jojoy”, criminal durísimo del ala militar de las FARC, con el cual las posibilidades de alcanzar la paz se reducen drásticamente. No podemos desconocer el poder del diálogo. Como planteaba Vicenç Fisas hace poco, “nueve de cada diez conflictos armados terminan en una mesa de negociación”, y Colombia no tiene por qué ser la excepción. Debemos asimilar los errores del Caguán, firmar una tregua y definir objetivos claros a ser discutidos en espacios de tiempo preestablecidos, y de esta manera hacer una nueva apuesta por la paz. Debemos buscar una solución integral, que incluya a todos y cada uno de los diversos actores que hacen o han hecho parte del conflicto. Debemos saber que vamos a sufrir muchos reveses antes de alcanzar la anhelada paz, pero que no debemos desfallecer en nuestro intento. Se lo debemos al país que heredamos. Se lo debemos a Colombia.

No comments:

Post a Comment